Valeska no entró enseguida. Se quedó un momento de pie frente a la puerta, con la mano sobre el picaporte y el corazón golpeándole el pecho con una mezcla imposible de definir. No era temor. No exactamente. Era más bien un nudo de incertidumbre, de cansancio, de esas emociones difíciles de clasificar que solo nacen cuando uno tiene que enfrentarse a algo que no pidió, pero que tampoco puede evitar.
A través del pequeño cristal rectangular en la puerta, alcanzaba a ver la silueta de Lisandro rec