Valeska no se movió. Siguió con la frente apoyada en la mano de Lisandro, como si necesitara sentir el calor que apenas persistía bajo su piel. Era un calor débil, casi imperceptible, pero lo suficiente para que su corazón se aferrara a esa mínima señal como a un hilo de vida.
Sin embargo, el temblor de su mandíbula, los ojos enrojecidos y la voz que se quebraba a cada palabra no se debía solo al miedo de perderlo… sino también a la rabia. A esa furia desesperada que solo brota cuando amas tant