Lisandro la miró fijamente. No fue una mirada pasajera, ni una de esas que uno lanza sin pensar cuando está absorto en cualquier otra cosa. No. Esa mirada fue profunda, intensa, cargada de todo lo que no se decía, de todo lo que dolía. Parecía que sus ojos no querían simplemente verla, sino memorizarla
Como si supiera, o temiera, que ese instante era el último en el que podría hacerlo con el alma aún entera.
La escaneó sin querer, desde el rostro hasta las manos, hasta el pequeño coche donde A