Apenas el auto se detuvo frente a la casa, Valeska abrió la puerta con ese movimiento que ya no era apresurado, pero sí preciso, como quien se da permiso de tomarse su tiempo sin perder el enfoque.
Bajó con cuidado, no por ella, sino porque sabía que alguien la esperaba con ansias, alguien que, sin entender del todo el mundo que lo rodeaba, se había convertido en el centro absoluto del suyo.
Su pequeño Adrián.
Ahí estaba, en brazos de su abuelo, con los cachetes inflados por el sueño y los ojit