El silencio en la habitación era tan espeso que parecía tener cuerpo.
Erika estaba de pie junto a la ventana, inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho, observando las luces lejanas de la ciudad que titilaban como pensamientos dispersos. Afuera, la noche se deslizaba tibia y gris; dentro, el aire parecía estancado, detenido entre dos respiraciones.
Alessandro acababa de irse.
Apenas habían pasado unos minutos y, sin embargo, todo se sentía distinto. El cuarto, el aire, incluso el modo