El día veinticinco comenzó sin anunciarse, como si el tiempo hubiera dejado de tener la necesidad de marcar sus propios cambios. Erika abrió los ojos y no hubo una diferencia real entre ese instante y el que había dejado atrás. La noche no se había ido; simplemente se había transformado en una claridad más suave, más difusa, que no alteraba en absoluto lo que ocurría dentro de ella.
Permaneció unos segundos recostada, con la mirada fija en el techo, sintiendo su respiración moverse con la misma