La tarde del día veinticinco no avanzó: se desplegó como una tensión sostenida en el aire, una expansión contenida que no encontraba aún un cauce definitivo. La habitación seguía siendo la misma, con sus límites invariables, con ese silencio que ahora ya no era ausencia de sonido sino una presencia en sí misma, casi tangible, casi viva. Pero dentro de Erika… algo había cambiado de manera irreversible.
No se movió durante un largo tiempo después de que Damián se marchara.
Permaneció de pie en