La tarde del día veinticuatro se desplegó con una lentitud que no pertenecía al tiempo, sino a la forma en que Erika comenzaba a habitar cada instante. No había prisa en sus movimientos ni necesidad de anticiparse a nada. La habitación permanecía igual, con sus límites definidos, con ese silencio constante que antes había sido opresivo y ahora simplemente era… neutro. Pero dentro de ella, todo tenía un peso distinto.
Se mantuvo de pie unos minutos después de que Damián se fuera, exactamente en