El cierre de la noche del día veintidós no llegó con una sensación de agotamiento ni con una rendición del cuerpo al sueño profundo. Fue distinto. Más contenido. Más consciente. Erika no se “durmió” en el sentido tradicional; se dejó caer dentro de ese mismo estado que ya no distinguía como sueño o vigilia.
Todo continuaba.
Y en esa continuidad, algo comenzó a ordenarse con mayor precisión.
No hubo imágenes.
No hubo escenarios.
Pero sí una estructura más clara.
Como si aquello que antes p