La tarde del día veintidós no llegó como una caída del tiempo, sino como una expansión silenciosa de lo que ya estaba ocurriendo. No hubo un momento preciso en que Erika pudiera decir “ahora es tarde”. Simplemente, la luz cambió ligeramente, el aire se volvió más denso, y el ritmo interno que había comenzado en la mañana… siguió avanzando.
No se sentó.
No se recostó.
Permaneció de pie durante un tiempo que no midió, en el centro de la habitación, con los ojos abiertos, sosteniendo esa doble per