El día veintitrés no comenzó como una ruptura de la noche anterior, sino como una extensión natural de ese estado de coherencia que Erika había alcanzado sin darse cuenta del momento exacto en que dejó de buscarlo. No hubo un despertar como tal; sus ojos se abrieron lentamente, pero su mente ya estaba despierta desde antes, sostenida en una claridad constante que no dependía del descanso. La habitación estaba ahí, silenciosa, contenida, pero ya no tenía el peso que había tenido en los primeros