La noche del día veinte no descendió sobre Erika como una sombra, ni como un manto que cubre y apaga lo que queda del día. No hubo sensación de cierre. Fue, más bien, una profundización. Como si el espacio en el que se encontraba no cambiara realmente de estado, sino que se hundiera un poco más en sí mismo, llevándola con él.
Erika no se dio cuenta exactamente del momento en que la luz bajó. No lo necesitó. Había aprendido a reconocer la transición sin depender de estímulos visibles. Su cuerpo