El día veinte comenzó sin una frontera clara entre el sueño y la vigilia. Erika no despertó de golpe ni atravesó ese instante breve de confusión que alguna vez marcó el inicio de sus días dentro de aquel lugar. Fue más bien una transición lenta, como si su conciencia ascendiera desde un punto profundo sin necesidad de romper la superficie. Cuando abrió los ojos, la habitación ya estaba ahí, inmutable, con su precisión casi irritante, pero esta vez no sintió la necesidad de reconocerla ni de afi