La noche del día diez comenzó de forma silenciosa, casi imperceptible, como si el laboratorio entero respirara más lento cuando el sol desaparecía detrás del bosque.
Cuando Erika regresó a su habitación aquella tarde, el encierro no se sintió exactamente igual que los días anteriores.
La puerta se cerró detrás de ella con el mismo sonido metálico de siempre.
El sistema de seguridad volvió a sellar el espacio.
Pero algo dentro de Erika había cambiado.
No era esperanza.
Tampoco era resignación.
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