El día cinco avanzó con una lentitud extraña.
Después de la breve conversación de la mañana, la habitación volvió a quedarse en silencio. No el silencio tenso de los primeros días, sino uno distinto, más espeso, más cargado de pensamientos invisibles.
Erika permaneció sentada en la cama durante varios minutos después de que Damián se marchara.
No se movió.
No habló.
Solo pensó.
Había sentido el cambio.
Era pequeño, casi imperceptible, pero estaba ahí.
Una grieta.
No en el sistema de seguridad.