Un mes atrás
El silencio que siguió a la explosión no fue real.
Fue un vacío momentáneo, un engaño del cuerpo antes de que el dolor reclamara su lugar. Lucca Serrano abrió los ojos con dificultad, la vista nublada por humo y polvo. Durante unos segundos no supo dónde estaba. El cielo giraba en fragmentos grises sobre su cabeza y el olor metálico de la sangre se mezclaba con el del combustible quemado.
El helicóptero ya no existía.
O, al menos, no como una unidad reconocible. Restos del fuselaje