El mundo regresó a ella en fragmentos inconexos.
Primero fue el frío. Un frío húmedo que se le coló por la piel y le hizo tiritar los huesos. Luego el dolor, sordo, persistente, concentrado en el costado y extendiéndose como una mancha oscura por todo el cuerpo. Después, el sonido: un zumbido grave, metálico, interrumpido por voces que no lograba distinguir.
Erika intentó moverse.
No pudo.
Tenía las muñecas atadas detrás de la espalda, demasiado firmes para ser improvisadas. El suelo bajo ella