La madrugada avanzó con una lentitud antinatural.
No era una noche cualquiera: era una de esas en las que el silencio no descansaba, solo se replegaba, como un depredador agazapado esperando el momento exacto para saltar. En la cabaña, cada crujido de la madera parecía amplificado, cada cambio de temperatura arrastraba consigo una sensación de inminencia que nadie se atrevía a nombrar en voz alta.
Erika permanecía sentada en el borde de la cama, con la espalda recta y las manos entrelazadas. Había intentado dormir. Lo había intentado de verdad. Pero algo —una intuición vieja, un instinto que se había forjado a base de decepciones— no se lo permitía. No sentía miedo, exactamente. Sentía vigilancia. Como si el espacio mismo estuviera atento a ella.
Se levantó despacio y abrió la puerta de la habitación.
Lucca estaba en la sala, de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y la mirada fija en el exterior. No parecía sorprendido de verla.
—¿No puedes dormir? —preguntó sin girarse.
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