Al momento en que trasladaron a Miranda a otra sala, David sintió un vuelco en el corazón. Era alegría en coexistencia con la tristeza: podían considerar que parcialmente estaba fuera de peligro, pero la orden de mantenerla en calma seguía ahí, flotando en el aire. Él entró sigiloso; ella, con los ojos cerrados, preguntó:
—¿Cuándo podré hablar con Frederic y mi padre?
La intriga y la duda amenazaban con desarmar el teatro del presidente.
—Señorita, el doctor ha solicitado mantenerla calmada