David, al enterarse cómo recibió su suegra la noticia, sintió un bálsamo necesario. Finalmente su río volvía a encauzar. Palmeó la espalda a Héctor y lo vio marcharse.
Mientras el presidente revisaba sus correos electrónicos sentado en el sofá de la sala de espera, su mente divagaba en los recuerdos con su leona. Era cinco de enero. Miranda seguía con un silencio amargo, apenas sonriendo frente a Héctor y Salma, pero aquella noche empezó a dar sus primeros pasos con las muletas sin ayuda extra.