CAPÍTULO 29
JULIÁN
El simple hecho de estacionar frente a la casa de los abuelos de Monserrat hizo que las manos me sudaran. Había estado pensando en este momento durante semanas, pero ahora que estaba allí, con el motor apagado y el silencio rodeándome, sentía que me temblaban las piernas.
Respiré hondo, repasando mentalmente lo que iba a decir. No era un discurso preparado, pero al menos quería sonar sincero, que me creyeran. Monserrat merecía que lo intentara.
Toqué el timbre y al poco rato