CAPÍTULO 19
JULIÁN
La dejé en su casa cerca del mediodía, con el sol en lo más alto y un silencio tan pesado que me costaba hasta respirar. Ni un “adiós”, ni una mirada… nada. Monserrat entró sin girarse, cerrando la puerta con suavidad pero con ese aire de final que me heló la sangre.
Desde ese momento supe que algo estaba muy mal. Y que, por primera vez en mucho tiempo, no tenía ni idea de cómo arreglarlo.
Cuando llegue a mi casa me desplome del cansancio y dormí hasta el otro día. Cuando me