CAPÍTULO 130
MONSERRAT
Volví de la oficina cansada. Pero no era un cansancio físico, no era mi cuerpo el que pedía descanso. Era mi mente. Mi cabeza estaba hecha un nudo de pensamientos, y lo único que deseaba era dejar de pensar. Necesitaba apagarme por un instante, aunque fuera imposible.
Cuando entré a la oficina por la mañana me encontré con una sorpresa en mi escritorio. Una pequeña caja envuelta con cuidado, con un lazo azul marino. No tenía tarjeta, pero no la necesitaba. Apenas la abrí,