CAPÍTULO 129
CARLOS
Hoy la oficina huele a silencio y a café recién hecho, y por una vez me permito disfrutarlo. Me siento en mi escritorio con la taza entre las manos y dejo que la ciudad se mueva sin mi intervención. Las paredes acristaladas me dan una perspectiva cómoda: veo el ping-pong de coches en la calle, las pequeñas corrientes de gente que entran y salen de los edificios vecinos. Es un buen día. Nada demasiado ruído, nada que me obligue a ponerme en guardia. Justo lo que necesito para