El toque de queda había transformado el refugio de la manada en una olla a presión. Los lobos más jóvenes, acostumbrados a la libertad de la noche, se movían con una inquietud que rozaba la neurosis, mientras Zack, con los sentidos saturados por el instinto de protección hacia Tamara y sus mellizos, apenas cerraba los ojos. La casa, que antes era un puente entre dos mundos, se sentía ahora como un búnker. Tamara pasaba las horas en su despacho, intentando rastrear a través de registros de pro