Alexander
—¿Y si vamos a Milán este fin de semana? Tengo una suite con vista al Duomo —le digo, deslizando el dedo por el borde de mi copa.
Ella ríe. Tiene una risa agradable, vibrante. Como campanas pequeñas.
—¿Siempre haces eso? —pregunta, entre juguetona y escéptica—. ¿Proponer escapadas como si fueran tazas de café?
—Solo cuando quiero olvidar.
No sé por qué dije eso. Quizá porque su perfume me resulta insoportablemente ajeno. O porque, aunque lleva un vestido rojo que debería provocarme al