El mundo no regresa de golpe. No hay una explosión de luz ni un sonido estridente que me saque de la oscuridad; es más bien como emerger lentamente de un pozo de brea, donde cada centímetro de avance me cuesta un esfuerzo agónico. Lo primero que registro es el peso de mis propios párpados, que se sienten como si hubieran sido sellados con plomo. Luego, el sabor, una pastosidad ácida y metálica que me inunda la boca, pegándose al paladar como el rastro de un veneno barato.
Intento mover un dedo,