El aire denso y saturado del club me golpea en la cara nada más cruzar el umbral. No es solo el olor; es la vibración. Ese retumbar de graves que se te mete en los huesos y te obliga a recordar cosas que preferirías haber dejado enterradas bajo siete llaves. La música me envuelve como un sudario pegajoso, arrastrándome, casi por la fuerza, a esos días en los que mi vida se medía en la cantidad de piel que estaba dispuesta a mostrar.
Hubo un tiempo, no tan lejano, aunque se sienta como otra vida