El viaje en coche es una tortura silenciosa. Voy en la parte trasera del Bentley negro; la piel de los asientos es tan fría y pulcra como la moral de mis dueños. A mi lado, Elmira, con su rostro impasible, parece una estatua de hielo. Al frente, dos hombres de seguridad, enormes y sin cuello, vigilaban la carretera, y a mí, a través del espejo retrovisor. Su trabajo es claro: asegurar que mi "visita" a la estación de policía transcurra sin incidentes.
Mirar las calles de Las Vegas después de dí