La luz de la mañana se filtra a través de las cortinas pesadas de la oficina de Lucien, sin conseguir disipar la oscuridad que se siente en el aire. Estoy de pie frente a su inmenso escritorio. Yo estoy rígida, con las manos cruzadas detrás de mi espalda, observando cada uno de sus movimientos. Llevo mi habitual falda y camisa blanca con zapatos de tacón bajo y el cabello está recogido en una coleta. Un recordatorio silencioso y constante de la jaula en la que me encontraba.
Lucien se encuentra