Quería meterme en un hoyo. Un hoyo profundo, oscuro, y no salir jamás. Quería borrar el recuerdo de la suavidad de su mano en mi muslo, el ardor de sus labios en mi pecho. Me había desarmado, no con violencia, sino con placer. Y lo había logrado.
Pero la vida en la mansión no permite el luto ni la convalecencia.
Justo cuando quería seguir sumergida en mi miseria, un golpe seco y autoritario resuena en la puerta. No es un toque, es un aviso.
—¡Blair! —La voz de Elmira, cortante como el cristal,