El pulso desbocado en mi cuello es lo único que escucho. Mis arterias palpitan furiosas bajo el pulgar de Lucien, un ritmo frenético que grita advertencia y, para mi condena, también deseo. Estamos a centímetros, tan cerca que puedo sentir el calor abrasador de su cuerpo. El aire es denso y saturado de la tensión que hemos creado con nuestras palabras, nuestro desafío, y la brutal caricia que acaba de robarme.
—No me tienes miedo, ¿verdad? —susurra, y esa pregunta no es una búsqueda de la verda