CAPÍTULO 35: EL SILENCIO DE LOS MUERTOS (POV ALEXANDER)
El despacho olía a azufre, a sangre y a una traición tan densa que se podía masticar. Mis manos temblaban, no de miedo, sino de una furia que amenazaba con devorar lo poco que quedaba de mi cordura. Miré la pantalla donde las imágenes alteradas por Viktoria seguían brillando, quemándome las pupilas. Cada píxel era un puñal en mi orgullo, una repetición exacta del infierno que viví con Katia.
Inserté el USB con movimientos mecánicos, espera