CAPÍTULO 17: EL ARTE DE LA DEMOLICIÓN (POV VIKTORIA)
El sonido de los pasos de Alexander alejándose del bar fue como el estallido de un disparo en mi pecho, pero mi rostro permaneció tan inmóvil como el mármol de las columnas que nos rodeaban. Me quedé allí, sentada en la penumbra del rincón, con la copa de coñac suspendida en el aire. El líquido ámbar temblaba ligeramente, no por miedo, sino por la descarga de adrenalina que recorría mis venas.
—¿Virgen? —susurré para mí misma, y la palabra