El silencio incómodo de la sala lo asfixiaba. Paul tomó las llaves del auto de la mesa:
—Este… voy por la cuñadita, para cenar todos juntos en la noche.
Oliver asintió y Paul salió disparado por la puerta. En aquel momento, con tal de abandonar la sala, cualquier cosa le venía bien.
Maris sonrió incómoda:
—Entonces yo me retiro. Cuando tengas tiempo, pruébatelo.
Sin esperar a que Oliver respondiera, se marchó. Él se quedó mirando el abrigo negro sobre el sofá y suspiró, resignado.
Maris s