El amanecer en Alaska no irrumpió; se filtró. Una luz diáfana, de un azul pálido y gélido, se coló por las rendijas de la cabaña, pintando franjas de polvo de diamante sobre las mantas y sobre los cuerpos entrelazados. Isabella despertó primero, no por el frío, sino por la calma. Una calma tan profunda en su interior que la hizo extrañar. Al abrir los ojos, lo primero que vio fue el perfil de Nick contra la almohada, su rostro relajado en el sueño, sus labios entreabiertos. Sin pensarlo, alargó una mano y con la yema de los dedos siguió el arco de su ceja, el puente de su nariz, el contorno de sus labios.
Él sonrió sin abrir los ojos, capturando su mano y llevándosela al corazón.
—Buenos días, reina —murmuró, su voz grave y áspera por el sueño.
—Buenos días —susurró ella, acercándose hasta que sus frentes se tocaron—. ¿Cómo es posible tener tanto frío fuera y tanto calor aquí dentro?
Nick abrió los ojos entonces, y sus pupilas azules captaron la luz del amanecer, brillando con una int