El derroche de pasión y entrega los había vaciado, fundido en un mismo aliento. Isabella y Nick se quedaron profundamente dormidos, enredados el uno en el otro, durante unas horas de un letargo tan pesado como el plomo y tan dulce como la miel.
Finalmente, cuando Nick despertó, la vio aferrada a él, su rostro apacible enterrado en el hueco de su hombro, sus dedos aún aferrados ligeramente a su costado. Sonrió, una sonrisa lenta y profunda que le iluminó los ojos azules incluso en la penumbra. Era esa sonrisa arrogante, la del cazador que ha marcado a su presa, pero transformada por una ternura absoluta.
Era suya. Totalmente suya. A pesar de todas las circunstancias, de las mentiras entretejidas, de los ataques velados, de sus mundos paralelos que chocaban como placas tectónicas. En ese instante, sólo existía esta verdad tangible, cálida y respirante entre sus brazos.
Con un inmenso cuidado, casi reverencial, se desprendió de su abrazo. Ella murmuró algo ininteligible, frunciendo el c