El aroma del almuerzo recién servido llenaba la mansión. Ana movía las ollas con la destreza de quien conoce cada palmo de esa cocina desde hace décadas; el sonido del hervor, el choque suave de los cucharones y el eco lejano de pasos componían una melodía doméstica casi irreal después de días de caos.
—A la mesa, mis amores —anunció Ana, con esa ternura que había salvado tantas veces a esa familia.
Giuseppe, aún con el cansancio propio de quien vuelve de la muerte, llegó apoyado en Charly e Is