Sofía empujó la puerta principal con la misma suavidad con la que fingió rezar. Traía el rosario enredado en los dedos, como si hubiera pasado horas llorando frente a un altar. La casa estaba silenciosa, demasiado, como si contuviera la respiración.
Jean se sobresaltó en el pasillo… y se detuvo en seco.
Los ojos de ambos se encontraron.
Sofía se recompuso de inmediato, enderezando la espalda y dejando salir, sin vergüenza alguna, la mujer que realmente era.
Jean tragó saliva. Algo dentro de él