La alarma continuaba sonando.
La luz roja sobre la puerta del quirófano aún parpadeaba y el pasillo entero se había convertido en un campo de batalla sin armas: gritos, pasos, órdenes apuradas, el choque del metal, el eco del caos.
Isabella sintió cómo el mundo se le arrancaba del pecho.
—¡Papá! —gritó, corriendo hacia la puerta antes de que Charly la sostuviera por los hombros—. ¡Papá… no… por favor, NO!
Sus piernas cedieron por un instante.
Las lágrimas comenzaron a brotar sin permiso, sin co