El amanecer llegó con un silencio helado. La nieve cubría los techos y el aire era tan puro que parecía cortar la piel. El humo de la chimenea subía recto hacia el cielo claro, mientras dentro de la cabaña reinaba el ajetreo de maletas, abrigos y voces mezcladas.
— ¡Alessa, no olvides tus guantes! —gritó Isabella desde el pasillo.
—Ya los llevo, tranquila —respondió Alessa, ajustándolos mientras Nick le colocaba el gorro con gesto de hermandad.
En el pórtico, los abuelos aguardaban, envueltos e