El silencio dentro del Bentley blindado era tan denso como la nieve que cubría las calles de Long Island camino a la mansión Moretti.
Isabella miraba fijamente por la ventana: el reflejo de su rostro pálido se superponía a las sombras de los árboles desnudos. Charly, a su lado, mantenía una vigilancia tensa, los nudillos blancos sobre las rodillas. El eco de su gesto de lealtad y la bofetada del Don aún resonaba en el aire cargado.
Al cruzar los imponentes portones de hierro forjado, la tensión