Nueva York, 15:30 horas.
El apartamento de Manhattan olía a derrota, a bourbon caro y al rastro persistente del perfume de una mujer que ya no estaba. La luz del sol de la tarde se filtraba de manera hiriente a través de los ventanales, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire como testigos mudos de la tragedia.
Nick Fitzgerald abrió los ojos de golpe. El dolor en sus sienes era una maza rítmica que competía con el ardor en sus costillas, pero nada superaba la agonía de su mano der