El último amanecer en Bora Bora no tuvo la calidez de los días anteriores. El cielo se tiñó de un gris perla, con vetas de un naranja metálico que parecía más una advertencia que una invitación. Nick e Isabella se quedaron en el muelle un momento, dejando que la brisa del Pacífico les acariciara el rostro por última vez. Sabían que, al subir a ese jet, el «nosotros» de la isla quedaría sepultado bajo el peso de sus apellidos.
La preparación física fue un ritual silencioso. En el bungalow, Isabe