Los días avanzaban con una ferocidad tranquila, cada uno marcado por una nueva normalidad. La vida continuaba con sus rutinas, pero ahora existía un centro de gravedad indiscutible: Isabella. Un cuidado especial, tierno y vigilante, orbitaba a su alrededor. Nick había afinado sus sentidos como un radar; percibía su cansancio antes de que ella lo expresara, anticipaba sus antojos y su presencia era un muro constante y tranquilizador.
El primer control médico tras el susto fue en una clínica privada y discreta. Nick no soltó la mano de Isabella ni un segundo, desde el vestíbulo silencioso hasta la fría sala de ecografías. Su mirada, normalmente escrutadora del entorno, no se apartaba de su rostro.
—Tranquila, amor —murmuró mientras ella se acomodaba en la camilla, su voz un rumor bajo y constante contra el nerviosismo tácito.
La doctora, una mujer de mediana edad con gesto calmado, aplicó el gel frío. Isabella contuvo la respiración. Nick apretó su mano.
Entonces, a través del silencio