La mañana llegó con el sol filtrándose a través del mosquitero. Nick ya estaba despierto, acostado de lado, observando a Isabella dormir. La rigidez de su espalda, la ansiedad que parecía vibrar en ella incluso en reposo durante los últimos días, se había esfumado. Respiraba profunda y pausadamente. Con una delicadeza extrema, él acercó los dedos y apartó un mechón de cabello de su frente; luego dejó que sus labios rozaran el lugar donde había estado su mano.
Un beso que era un suspiro, una promesa. Ella murmuró algo ininteligible y se acurrucó más contra su pecho, buscando su calor incluso en el trópico. Se quedaron entrelazados durante horas, escuchando el canto de los pájaros exóticos y el beso constante del agua contra los pilotes. Era el silencio compartido más elocuente que habían tenido en meses.
Más tarde, después del desayuno, salieron a disfrutar de una actividad. Ambos estaban sobre el kayak cuando Isabella rompió el silencio.
—Nunca le he tenido miedo al agua —dijo Isabell