El regreso al hotel se convirtió en una tensión eléctrica. Nick no podía dejar de mirar a Isabella, sus labios ligeramente hinchados por el roce contra su piel mientras bailaban.
Las puertas del ascensor se cerraron con un suave silbido, encapsulándolos en un cubo de espejos y luz tenue. Nick no esperó ni un segundo más. Con un movimiento fluido que hablaba de años de entrenamiento y una urgencia aún mayor, giró a Isabella y la empujó suavemente contra la pared de espejos, capturando sus labios en un beso que no pedía permiso, que reclamaba.
No fue un beso tierno. Fue un desahogo. Sus labios se movieron contra los de ella con una intensidad que sabía a meses de frustración contenida, a noches de miedo reprimido, a días enteros de amor que había tenido que esconderse detrás de mentiras. Isabella respondió con igual ferocidad, sus manos no acariciando sino agarrando, deslizándose bajo la camisa negra de seda que llevaba puesta, encontrando la piel caliente de su espalda. Sus dedos traza