Tres días habían pasado desde que Nick fue rescatado del galpón de Myers. Tres días que, en el apartamento de Manhattan, habían adquirido una textura diferente al tiempo normal. Eran días de té de manzanilla a las cuatro de la tarde, de silencios que no pesaban, de noches donde las pesadillas iban cediendo terreno, centímetro a centímetro, al sueño reparador.
Isabella observaba a Nick desde la cocina, mientras él intentaba atarse los cordones de sus zapatillas sin doblar demasiado el torso. Un leve gruñido escapó de sus labios.
—Deja, yo lo hago —ofreció ella, secándose las manos.
—No —dijo él, con una determinación que la hizo sonreír—. Tengo que poder hacer esto solo.
—Porque atarte los zapatos es la verdadera batalla, ¿eh, Fitzgerald?
—Es una metáfora, princesa —respondió él, al fin lográndolo y alzando la vista con una sonrisa cansada pero genuina—. Si no puedo vencer a los cordones, ¿cómo voy a enfrentar el resto?
Ella se acercó y se arrodilló frente a él, ajustando el nudo que h