El SUV negro se deslizaba como una sombra más entre el río de luces y acero de la autopista de Queens. La burbuja de camaradería del jet se había disipado, reemplazada por el peso denso y familiar de la ciudad que los recibía. Carter, al volante, era la imagen de la concentración. Arthur, en el asiento del copiloto, tamborileaba los dedos contra la ventana, un signo de nerviosismo que no lograba ocultar.
Fue Carter quien rompió el silencio, su voz neutra pero cargada de una pregunta que todos tenían en mente:
— ¿La llevamos a la mansión de los Moretti, niño? —Sus ojos en el retrovisor buscaron a Nick, no a Isabella. Era una pregunta de protocolo, pero también una línea trazada en la arena.
Nick sintió cómo la mano de Isabella se tensaba ligeramente dentro de la suya. La miró. La luz intermitente de los faros y los anuncios iluminaban su perfil, y en sus ojos ámbar, tan vivaces horas antes, vio un destello de tristeza profunda, de la resignación de quien sabe que el sueño ha terminado.