El contraste entre la tierra salvaje de Alaska y la burbuja de lujo y tecnología del jet privado Fitzgerald fue tan abrupto como deliberado. Subir por la escalerilla fue cruzar un umbral no solo físico, sino simbólico: dejaban atrás el refugio de madera y nieve y se reincorporaban, paso a paso, a un mundo de líneas pulidas, acero y expectativas.
El capitán O’Malley, un hombre de pelo canoso y saludo militar, les esperaba en la puerta. Conocía a Nick desde que era un adolescente rebelde que colab