El contraste entre la tierra salvaje de Alaska y la burbuja de lujo y tecnología del jet privado Fitzgerald fue tan abrupto como deliberado. Subir por la escalerilla fue cruzar un umbral no solo físico, sino simbólico: dejaban atrás el refugio de madera y nieve y se reincorporaban, paso a paso, a un mundo de líneas pulidas, acero y expectativas.
El capitán O’Malley, un hombre de pelo canoso y saludo militar, les esperaba en la puerta. Conocía a Nick desde que era un adolescente rebelde que colaba chicas a los vuelos.
—Joven Fitzgerald —asintió con respeto profesional, pero una sonrisa pícara asomó en sus ojos al verlo entrar de la mano de Isabella—. Buenos días, señorita. Un placer tenerlos a bordo. El tiempo hasta Nueva York será suave.
—Gracias, capitán —respondió Nick con un apretón de mano firme—. Como siempre, en sus manos expertas.
Isabella le sonrió con la elegancia innata que nunca la abandonaba, incluso vestida con jeans y un suéter grueso. Pero fue al adentrarse en la cabina,